La libertad y las delicias (2008)

 José A. Sánchez

Cuando los fundadores de Legaleón aprendieron las técnicas de los bufones del Rey hace ya más de veinte años, no podían imaginar la vigencia que cobraría en el siglo XXI el arte de la bufonería. Su retorno tiene que ver con la visibilidad cada vez más obscena de modos de opresión del individuo contra los que el bufón visceralmente se rebela. La necesidad imperiosa de reinventar mecanismos de protección de la libertad individual anima a recorrer el único camino que permite discurrir honestamente sobre la libertad de todos. A Voltaire, descendiente ilustrado de los bufones barrocos, el camino le condujo a Ginebra, donde, citándose a sí mismo, exclamó: “¡Oh qué feliz siglo este siglo de hierro!”. Y es que la libertad, como hace doscientos cincuenta años, sigue siendo accesible a los individuos dispuestos a dar un paso al lado (aunque ese paso, en ocasiones, obligue a saltar un par de fronteras). Con humor incombustible, y con una razón cada vez mayor pero amasada por los rebeldes sesenta, L’Alakran practica la indisciplina de los bufones e invita infatigablemente al espectador a sumarse a ese anarquismo cálido que desde la escena (o desde la sala) defienden.

 

Conferencia pronunciada en el Festival BAD, Bilborock, Bilbao, 22 de octubre de 2008

    

  

La libertad y las Delicias

El título de esta ponencia apunta en dos direcciones:

a) La afirmación de la libertad como condición del ser humano y el compromiso del artista con la defensa de la misma. No existe arte sin libertad. Y el arte comprometido sólo es arte en tanto su compromiso (sea del tipo que sea, político, comercial o estético) no condicione la libertad del individuo o los individuos sujetos de la práctica artística.

b) La afirmación del placer como dimensión inexcusable en la vida humana y, por tanto, el compromiso del artista en la búsqueda del mismo, aunque la construcción de las situaciones placenteras requiera un enorme esfuerzo.

En el título hay, obviamente, una referencia a Voltaire. Las “Delicias” fue el nombre que el escritor francés dio a su casa de Ginebra. Para Voltaire las “delicias” no eran necesariamente las mismas que podemos imaginar o disfrutar ante o en las piezas de L’Alakran: eran, por decirlo de algún modo, más refinadas, no tan corporales. Sin embargo, lo placentero estaba también para Voltaire muy ligado al humor, a la ironía y al desapego a los compromisos sociales impuestos, empezando por el de la religión.

La sensación de libertad que Óskar Gómez y compañía experimentaron al instalarse en Ginebra puede ser similar a la que experimentó Voltaire al retirarse de las intrigas políticas y culturales que le habían llevado a circular de corte en corte por el centro de Europa. Ginebra suele ser considerada, junto con Ámsterdam, la ciudad más tolerante de Europa. A ello contribuye una cierta invisibilidad de los poderes políticos y económicos, la interiorización de los credos religiosos, y la presencia de múltiples organismos internacionales, que en cierto modo justifican la muy variopinta población inmigrante. También puede deberse, como el propio Voltaire recuerda, a que fue vacunada tempranamente contra la intolerancia en el momento en que Calvino ordenó la ejecución en la hoguera del teólogo y fisiólogo español Miguel Servet

  

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